15.4.16

[Cuentacuentos] Eyra

No sabía qué era lo que tanto le atraía de ella.

Quizás sus ojos de acero, duros, lejanos y fríos, hijos de las sierras y los perfiles afilados de las montañas de su tierra. Su pelo castaño, rizo y salvaje, jovial, indomable como las olas de los mares del norte eternamente iracundos, añiles y revueltos. O su rostro, fuerte y curtido pero de facciones suaves, irónicamente delicadas, de labios carnosos y erosionados por la salitre, el anuncio de las arrugas sobre su frente y su ceño características de los pueblos habituados al duro trabajo del campo.

Su nombre, Eyra, más místico todavía. Sencillo, corto, pulcro. Sin embargo, en sus letras se encerraba más energía de la esperada. Ella era mujer joven, antaño niña traviesa, terremoto infantil y corazón maduro y ardiente. Cada fibra de su ser, cada centímetro de su cuerpo dejaba entrever el fuego eterno de los criados entre el hielo, el calor perenne de la hospitalidad y la amabilidad humanas lactantes de la cruel y cotidiana realidad, donde un sólo paso en la nieve puede significar la muerte.

En ese preciso instante ella lanzó su mirada metálica, cual arpón, hacia él. Disparo certero a las profundidades de su ser.

Se le aceleró la respiración. Se humedeció los labios con la lengua dispuesto a hablar, a dirigirle tan sólo una palabra, un aliento, hacerse notar. Pero de nuevo sus ojos se perdieron en las curvas anchas y fuertes de aquella joven mujer, delatándola nórdica de buena genética, saludable y llena de vida.

Mirada breve, poema inacabado. Eyra se giró de nuevo y continuó su camino, sólo estaba de paso. A lo lejos, en el puerto, su barco la esperaba. Las voces de la tripulación masculina la llamaban incansables, a las cuales ella respondió en un idioma que él desconocía con una media sonrisa dibujada en el rostro. Resultaba extraño ver a una dama nórdica al lado de aquéllos hombres más fuertes y anchos todavía que ella.

Con un pie en la pasarela y otro en el barco echó un último vistazo a las tierras sureñas, antes de embarcar y comenzar el retorno a sus amadas tierras nevadas. Un último atisbo del metal de sus ojos.

Y se fue.

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