22.4.16

[Cuentacuentos] Vigía del mar

Siempre pasaba por allí con su bicicleta. Y él siempre estaba en el mismo banco del paseo marítimo, admirando el mar azúreo, revuelto y espumoso de la costa. Siempre pasaba por allí con su bicicleta y él, siempre sentado en el mismo banco del paseo marítimo, le dedicaba una sonrisa.

Era anciano, terriblemente anciano. Tanto que el recuerdo de su figura encorvada perfilada contra el atardecer se perdía en los albores de la memoria de las gentes del lugar. También sucedía con su mirada, gris y vieja, experta, dulce y sonriente al igual que sus labios, perfilados de arrugas antiguas y crueles, lacerando la que antaño fue la piel tierna y dulce de un niño.

Nadie conocía a ese hombre, nadie sabía nada de su vida, ni de su forma de ser. Sólo estaba allí, eternamente, como el vigía del mar, del nuevo día. Siempre tenía a su lado un trozo de pan y un poco de embutido, una fruta y su navaja de empuñadura de ébano y filo de plata. Todos los días mudaba su ropa a pesar de que nadie lo vio desaparecer ni un sólo día de su puesto de vigilia.

Un día desapareció. El día que se había decidido a bajar de la bicicleta para hablar con aquél presuntamente centenario. Por primera vez le devolvió la sonrisa al ahora vacío asiento.

Al día siguiente puso una vela en su memoria. Al día siguiente se consumió como la vida del anciano vigía del mar, del nuevo día.

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