1.7.16

[Cuentacuentos] Ruruka

Tal día como hoy nació la pequeña Marceline.

La primavera despuntaba entre las grises nubes de invierno descubriendo tímidos rayos de luz azul que bañaban las hojas húmedas y deshechas del robledal de los sueños. La hija del zorro arañó con sus zarpas la fría y suelta tierra de su cubil, de su hogar, durante días, olisqueando el aire con énfasis intentando averiguar al menos un débil rastro de tinta seca.

Vislumbró el brillo de su hada muy pronto, fue un animal precoz en advertir los colores de la vida. Inquieta quiso perseguirla, lanzarse a la aventura y perderse entre la bruma gris de la lluvia tenue. Otra zarpa más grande y fuerte interrumpió su camino haciéndola caer de nuevo hasta lo más profundo de la pequeña y oscura cueva.

Un día, mordisqueando un pedazo de musgo seco, escuchó algo extraño. Alzó la mirada y quebró la simetría de sus agudas orejas. Un sonido ajeno cuestionó su identidad, su nombre y su pasión. Ella replicó afirmativamente y el silencio se prolongó hasta los siguientes tres encuentros, mas habiendo desvelado ya la luna su cara oculta, su otra mitad.

Y aquel decimonoveno, quinto del cuarto de invierno, primero de primavera, la luna brilló hasta su mitad, complementándose con su otra negra.

Ruruka


Este es un texto que dediqué en su día a una persona con la que ya no tengo ningún trato pero en absoluto me arrepiento de haberlo escrito. Por eso os lo muestro aquí. Considero que tiene algunas de las mejores frases que he redactado hasta ahora (muy en mi línea, por supuesto) y quería compartirlo con vosotros.

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